el renacimiento del insecto....

JOHN LENNON: LA FIESTA TERMINÓ Por Iván de la Torre*
Esa honestidad redescubierta lo llevó a la Rolling Stone y una entrevista donde declaró cosas imposibles para el canon casi sagrado creado en torno a los fab-four y su sabiduría mística post-Seargent Pepper: “Me han filmado saliendo en cuatro patas de un prostíbulo”, “Si salías de gira con nosotros estabas hecho: había drogas, groupies, alcohol, nos daban lo que queríamos”, “Era como Satiricón”, “A dondequiera que fuéramos siempre había toda una movida en marcha. Teníamos cuatro habitaciones separadas y tratábamos de mantenerlas alejadas. Pero los cuartos de nuestros ayudantes o el resto de los hoteles siempre estaban llenos de basura, de prostitutas, drogas, policías y quién sabe qué otra cosa”.
Yoko Ono, presente en la entrevista, fue la primer sorprendida: Lennon le estaba confesando en la cara —como había descubierto antes que nadie la inocente Cinthia— que le había sido repetidamente infiel y, de paso, como buen macho criado en Liverpool, que lo seguiría siendo, como recordaría posteriormente su hijo Sean.
La imagen que Lennon intentaba dar de la banda y de sí mismo, más allá de la satisfacción explícita de decir lo prohibido (una motivación excelente para un iconoclasta como él, que creía haber permanecido embotado durante demasiados años por la fama), era simplemente una manera de confirmar, como sabían sus amigos más cercanos, que los Beatles pre-Epstein habían sido más salvajes que los Rolling Stones, cuando tocaban en pequeños bares de Alemania, tomando anfetaminas para mantenerse despiertos en recitales que duraban ocho horas, y donde, entre cada actuación, se peleaban con marineros borrachos y se acostaban con sus novias adolescentes o con las prostitutas que encontraban por las calles.
El objetivo principal era acabar con la imagen inmaculada creada por su manager: después de años de obedecer los deseos de los demás —su tía, su mujer, sus compañeros de trabajo—, Lennon quería seguir adelante, pero para poder hacerlo sin culpas necesitaba realizar una catarsis pública que, adivinaba, no podía detenerse en sus nuevas canciones autobiográficas cuyas alusiones, como había sucedido con “Help” y “I’m so tired”, muchos no entenderían: debía ir hasta el final y confesar sus pecados en público, hacer lo que los demás nunca harían: destrozar completamente el mito sobre los Beatles y demostrar cómo había sido realmente todo detrás de la imagen que habían construido a su alrededor para poder venderlos a un público de clase media en 1962.
A diferencia de Salvador Dalí o Norman Mailer, Lennon convirtió esa primera aparición pública en una verdadera puesta en escena donde la idea era usar los medios para exorcizar los demonios de un pasado que no parecía dispuesto a irse fácilmente a menos que los expusiera a la luz pública, y esa imagen de chico bueno que lo torturaba desde que había aceptado los deseos de Epstein, contraria al ideal que tenía de sí mismo: “Yo nunca fui el simpático John, siempre fui el perturbado Lennon”.
Los detalles de Lennon sobre lo que sucedía realmente cuando la banda llegaba a una ciudad fue confirmada por ex miembros de su comitiva oficial que describían cómo filas de chicas aburridas esperaban para acostarse con cualquiera de los cuatro músicos mientras se entretenían planchándoles sus camisas y lavándoles la ropa.
Que Lennon fuera el único interesado en confesar que había hecho lo que se comenzaba a rumorear sobre otras bandas, pero nunca sobre ellos, implicaba una ruptura con el imaginario popular que los había consagrado como el remedio inglés para la melancolía tras el asesinato de Kennedy.
Pero los Beatles habían sido, más allá de la mitología oficial que los elevó a la santidad de los gurús, una de las primeras bandas en conseguir una verdadera fiesta móvil donde podían hacer —como Led Zeppelin y tantas bandas posteriores— literalmente lo que quisieran sin que nadie se animara a cuestionarlos porque siempre habría alguien que se haría cargo generosamente de los gastos: “Éramos como César, nadie iba a matarnos cuando se hacía un millón de libras... o todas las entregas de dinero, los sobornos a la policía, toda la movida, ¿tú sabes? Todos querían su tajada y es por eso que muchos todavía quieren seguir con esto, no quieren que les quiten esta ‘Roma portátil’. Era una Roma portátil donde todos teníamos nuestras casas, nuestros autos, amantes, esposas, secretarias, fiestas, tragos, drogas... y hay personas que no quieren perder eso”.
La mayoría de los protagonistas —como confesaría el propio Lennon— preferiría no contarlo porque ahora tenían esposa e hijos en casa, pero él sentía que para romper con su pasado y saldar cuentas con los Rolling Stones —la versión aparentemente salvaje de la invasión inglesa— y los periodistas que no reconocían a los Beatles por ser demasiado blandos, debía llegar al extremo y decir exactamente lo que había pasado: y ese gesto sobre sí mismo y los demás, ese decir públicamente así éramos realmente de salvajes e incontrolables, le servía para exponerse finalmente como el Lennon que durante muchos años había renunciado a ser.
El mensaje iba especialmente dirigido a Paul McCartney, su compañero habitual en esas fiestas que en 1970, recién casado y muy feliz con su familia, encarnaba para la prensa la contracara burguesa y agradable del siempre desbocado Lennon.
Sin embargo, a pesar de sus buenos modales, Paul, como contaría posteriormente la propia Cinthia, había sido (más que el eternamente culposo Lennon) quien más había disfrutado de la beatlemanía, acostándose con centenares de adolescentes para luego olvidarse de ellas mientras posaba con su adorable y bella novia, una respetable actriz inglesa en cuya casa solía quedarse a dormir.
Con ese discurso pesimista y sacrílego donde pudo, finalmente, cumplir su sueño de “bajarle los pantalones a los Beatles”, Lennon se encargó de que la década feliz que ellos mismos habían inaugurado siete años atrás tuviera un fin luego de lo que parecía un interminable verano del amor lleno de drogas, sexo y religión.
Aunque los avisos ya estaban por todas partes (con Hendrix declarando, pocos meses antes de su muerte, que debía sentar cabeza, los asesinatos de Charles Manson y un George Harrison horrorizado porque el San Francisco ideal que le había descrito un entusiasmado McCartney y que serviría de inspiración directa para “Seargent Pepper” se había convertido en un barrio lleno de adolescentes de cabello largo y sucio que vendían chucherías en la calle y parecían demasiado drogados para entender la realidad), fue el desencantado Lennon el encargado de cerrar la década con ese discurso brutal: “El sueño terminó y tenemos que bajar a la realidad”.
La fiesta había terminado, y hasta el todopoderoso John Lennon se había dado cuenta de eso.
E-mail: helliconiaa@yahoo.com.ar



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